La primera salida… (después del nacimiento): el momento viaja con tu familia tiene que esperar

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La primera salida… (después del nacimiento): recuperando sensaciones, pero el momento ‘viaja con tu familia’ tiene que esperar

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Seamos sinceros. Ni en mis mejores sueños podía imaginar que antes de que Marcos y Lucas cumplieran su primer mes de vida iba yo a poder subirme a la bici de nuevo… y salir a pedalear más allá del trastero. Pues sí, ¡lo he conseguido! ¡Y mejorando las ya de por sí optimistas previsiones que os comentaba en el anterior post! Así que ya lo sabéis, papás ciclistas primerizos, “yes we can (ride our bicycles)”.

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Bien es cierto que se han dado ciertas condiciones para que pudiera calzarme de nuevo las zapatillas de la bici y poder escuchar de nuevo ese ‘clack’ mágico de los pedales automáticos, apenas 20 días después de mi última salida… y con dos bebés en la saca. La primera de esas condiciones, por supuesto, una pareja comprensiva y con tantas ganas de volver al deporte como yo, aunque ella tardará un poco más, porque el tema de la lactancia la tiene un poquito más pegada a los enanos… literalmente.

Y la segunda condición, en nuestro caso, la presencia de la TÍA con mayúsculas, esa maravillosa cuñada que está deseando pasar tiempo con sus sobrinos y que se ofrece con una sonrisa de oreja a oreja para quedarse con su hermana durante dos o tres horas, tiempo más que suficiente para retomar sensaciones con la flaca o la btt, y que la mamá en cuestión tenga un apoyo por si los enanos se ponen rebeldes.

Para los que no tengáis ese recurso tan a mano como nosotros (la TÍA vive a dos calles de la nuestra…), también podéis aprovechar la típica y multitudinaria visita familiar para escapar durante un rato a pedalear. Dejaréis un sitio libre en el sofá para alguien que lo necesite más que vosotros… y además, apenas os van a echar de menos. En estas situaciones los padres somos prescindibles. Los familiares vienen a ver a los niños y a la madre… no a vosotros. No os lo toméis a mal… jejeje.

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Así que, una vez sellado el acuerdo `tu sales, yo me quedo’, no queda más que revisar la bicicleta con cierta antelación, no vaya a ser que el típico e inoportuno pinchazo olvidado te robe unos minutos vitales de pedaleo, así como la meteorología prevista para el lugar y el momento de la ruta, más que nada por saber qué modelito ponerse (especialmente si sois tan ‘pijos’ como yo para el tema de la ropa, los colores, etc…).

Todo ha de estar listo para que, en la hora señalada, si los enanos no lo impiden con algún inoportuno cólico de lactante o picos de fiebre inmunes al Dalsy, podamos salir ‘a escape’ por la puerta de casa, enfundados en lycra y con ese maillot que todavía no habíamos podido estrenar, en busca de la bicicleta, oh amada y olvidada compañera de fatigas.

Por lo que a mí respecta, las sensaciones sobre la bici fueron como las de un crío con zapatos nuevos… un poco menos ágil de piernas, un poco más subido de pulsaciones…  pero igualmente feliz. Feliz por volver a sentir el viento en la cara, por volver a ponerme de pie para superar un repecho, por levantar la mano y saludar a otros compañeros en el camino, por esquivar al típico peatón despistado en el carril bici. En definitiva, feliz por volver a sentirme ciclista. Bastaron 38 kilómetros para ello. Suficientes para recordar porque no puedo vivir sin este deporte… y porque voy a tratar de inculcárselo a mis hijos tan pronto como pueda.

¿Próximo objetivo? ¿Quizá un viaje en familia a un destino cicloturista? Ya os iré contando…

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